sábado, 10 de diciembre de 2011

Peña Nieto y Villoro (copete contra codera)

Hoy mismo, en facebook (que chafa ¿verdad?) varias amigas postearon un artículo de Villoro acerca del incidente Peña Nieto (incidente que, por cierto, tiene varios aspectos).

La nota de Villoro me hizo pensar en un tema que me ha llamado la atención ultimamente (por razones que estoy tratando de explicar en otros posts en proceso) a saber, la relación de "los intelectuales con la sociedad".

He aquí algunas ideas sueltas al respecto:

Villoro argumenta que en México nadie lee y, por lo tanto, la población le rinde un culto cuasi religioso al libro, así que lo grave no es tanto que Peña Nieto no lea, sino la estupidez estratégica de la que hizo gala al no mentir bien en el momento adecuado, demostrando no sólo que es idiota, sino que -en la actualidad- los políticos no son más que figuras mediáticas construídas por otros (equipos de marketing y PR): es decir, Villoro, en fina prosa, descubrió el hilo negro.

Además, agrega, la lectura no garantiza nada (y ahí se lanza a una comparación delirante):


"Y no hay que olvidar que Hitler fue un pintor apasionado (Kokoschka no se perdonaría haberle ganado una beca: si se la hubieran dado a Hitler, habría dejado la política). Un artista puede ser un cretino e incluso un criminal."


No se si habrá pensado en Arte Degenerado o no. 


Al elegir citar esa parte de la anécdota (por cierto de Canetti, no de Kokoschka- o sea lee una cita que le pasaron en una tarjeta) y no la otra (lo que Hitler pensaba del tipo de arte que hacía K), nos da a entender que, en su imaginario, la Ideología, el nazismo o la relación entre la política y la estética es un imperativo menor en relación al Sistema Nacional de Creadores. 


Ve la enormidad de la beca como un forma pinchi de Gran Otro, pero Gran Otro al fin y al cabo (y estoy pensando en Zizek, ahora que se discute la cultura pop).


Lo curioso es que Villoro, a quien por cierto no he leído, ni tengo ganas de leer, es una especie de Peña Nieto intelectual: las cámaras lo aman. 


Encarna esa idolatría del intelecto que menciona. Prueba de ello es que cada vez que alguien quiere lavar culpas panboleras le hablan: Villoro es un intelectual, Villoro es panbolero, el panbol es intelectual. Una inferencia lamentable, pero no por ello ineficaz. El fútbol es popular, los intelectuales no son populares, hablémosle a un intelectual para popularizar lo impopular. 


Pero eso no es lo único que me llama la atención. El fenómeno librería peña nieto, en conjunto, ha sido interesantísimo de pe a pa (pero el analista decide ignorarlo). 


Por ejemplo: está el tiro por la culata de los organizadores que, queriendo quedar bien con un candidato priista (porque si no pa que chingaos lo invitan), cometen una pifia espectacular; o el uso de la noción "prole" por la hija y los seguidores (y cómo define esta niña la pertenencia al "proletariado"), o los comentarios de la gaviota. 


El incidente es una dulcería para un intelectual empeñado en el análisis de la cultura popular. 


Aquí lo que me interesó fue el argumento de lo que yo supondría mi bando:

¿Por qué es un problema que el copetes no lea?


Señores del jurado: yo no leo novelas (o sólo leo cosas como Verne y Walter Scott) y el resto del tiempo veo series que me entretienen más y duran menos. Eso no quiere decir que no lea.


Asumir que lectura es igual a arte y arte igual a literatura es una barbaridad decimonónica. 


(Pero, ni pedo, la mayoría de los literatos SON una barbaridad decimonónica).


Ni el problema de que Peña nieto no lea es que no lea literatura, ni la palabra escrita es coto exclusivo de los HOMBRES de letras


Así, HOMBRES, con mayúsculas. Y, en ese sentido, leer no garantiza un carajo si tomamos en cuenta la existencia de Dios mio hazme viuda (un desafío a tu crecimiento personal): la otra candidata hasta escribe libros, vean nomás. 


Se ha mencionado la Biblia, los errores de atribuciones, pero nadie ha señalado, que yo haya visto al menos, cuáles fueron los otros detallitos. (Fuentes, Krauze...Clio también es cultura).


Es decir, si yo me tuviera que clavar en este asunto (en el argumento de Villoro) me interesarían sus recovecos anacrónicos, su relación con el XIX por un lado y por la otra con la década de 1930. 


Vaya, el problema de que Peña Nieto, como una buena parte de la población, sea un analfabeta funcional incapaz de hablar en público no es- en el fondo- que no disfrute de las belles lettres (así en francés), ni que sea incapaz de lamerle las tepalcuanas a ese desagradable gremio de diplomáticos acomodaticios de saco de pana con coderas (argumentos de Villoro: "Los políticos han desarrollado argucias para complacer a los escritores (cuya vanidad es fácil de tocar)"). 


El problema es que, hasta para ser un tecnócrata malvado hace falta ser capaz de leer reportes, tener cierta capacidad de abstracción y una sensibilidad mínima al entorno: hace falta ser capaz de saber cuando callarse el hocico. Pero eso es obvio. Que el copetes ni siquiera de títere sirve. OK.


Lo que no es tan obvio es la posición desde la que Villoro lo critica. 


Es relativamente evidente que del tecnócrata al gorila armado hay sólo un paso: ambos pertenecen a la misma tradición de irracionalidad, por lo que podemos decir que Peña Nieto y su hija odiadora de proles y su esposa amante de exterminadores son una consecuencia lógica del mundo neoliberal (y me lanzaría a decir necesaria, pero mi amiga Y se pone loca y asume que uso el concepto de necesidad en un sentido duro sin asumir todas las consecuencias). 


Finalmente, lo que asusta del sistema (y por eso es sistema) es su coherencia.


Este enunciado -la tradición de irracionalidad-, que apesta a iluminismo (¡Ay quema mucho el sol!), es en realidad un llamado a no sucumbir, por pereza mental, a ninguna de las dos órbitas de influencia macabra: la barbarie y la ley del más fuerte ("el más cabrón", "cueste lo que cueste", "Slim es chingón por que es rico", "Arriba el Chapo") ni una glorificación (apriorística y autista) del intelectual/artista burgués, de una Cultura, así, en abstracto, que -en efecto y como podría argumentar Villoro (pero no lo hace)- no garantiza ninguna virtud. 


Quizá en lugar de regurgitar lugares comunes en el periódico, sea el tiempo de pensar acerca de eso y probablemente Hitler y Kokoschka sean parte de la clave. 


Un artista puede ser mala persona, ni hablar. Pero los reportes de la ONU se presentan por escrito. 


Lástima: Villoro empezó a tener la idea, pero como un balón fugaz, la dejó ir casi sin tocarla.





















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